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Publication Type:

Magazine Article

Authors:

Marta Sans

Source:

El Confidencial, Issue 31/05/2014, Madrid (2014)

URL:

http://blogs.elconfidencial.com/cultura/biblioteca-publica/2014-05-31/los-distintos-generos-literarios-desde-los-que-se-practica-la-politica_138821/

Full Text:

Cuando la literatura aborda explícitamente la política, no siempre tiene intereses políticos. Pongo en cursiva la palabra intereses porque el recurso ortotipográfico le da a la palabra un valor abyecto. Por el contrario, cuando la literatura no aborda aparentemente la política, a menudo subraya la ideología instalada en el poder e incluso llega a tener intereses que no son del todo artísticos.

Está justificado sentir temor de quienes hablan desde la neutralidad: el miedo hacia los que mienten se legitima porque a estas alturas sabemos que la neutralidad es imposible; que ni siquiera funciona como horizonte; que a las palabras las carga el diablo y, para bien o para mal, nos manchan de tinta los dedos y las huellas dactilares. Hoy en Biblioteca Pública hablaremos de distintos géneros –literarios, periodísticos o las dos cosas a la vez- desde los que se practica la política. De formas alternativas de hacer política y de cómo, no siempre, los temas políticos alejan los textos de su verdadera esencia literaria.

Rompiente

Rompiente (Bartleby) es un poemario de la estadounidense Jorie Graham traducido y prologado en esta edición por Rubén Martín. La autora obtuvo el premio Pulitzer de Poesía y su poemario PLACE la ha convertido en la primera poeta estadounidense ganadora del prestigioso premio británico Forward Poetry Prize. Al margen del currículum, los valores de Graham como poeta y ciudadana, o tal vez como ciudadana que sabe que su labor poética no es diferente de su práctica cívica, son muchos: logra dinamitar el interesado prejuicio de que la poesía política es siempre panfletaria. Dedica poemas al cambio climático, Guantánamo, los esclavos no liberados, la lapidación, los torturadores…. Escribe de lo que le duele, y ese impulso creativo no solo no desvirtúa la calidad de su propuesta estética, sino que la enaltece.

En estos poemas la violencia de lo humano es superior a la violencia de lo natural: en un quiebro conradiano, la civilización es más salvaje que la selva. Ello se traduce en un tratamiento del lenguaje que, pese a sus rotos, se sostiene en una estructura equilibrada: una cremallera, un zigurat en el que, como señala Rubén Martín, se entremezcla la económica dificultad de Emily Dickinson con el torrente de Whitman. En el lenguaje se funden esa insuficiencia y suficiencia de la palabra de la que el poeta Jorge Guillén se vale para explicar parte de la poesía española –San Juan, Góngora, Bécquer, Rubén Darío- en su didáctico ensayo Lenguaje y poesía (Alianza).

Jorie Graham ha logrado dinamitar el interesado prejuicio de que la poesía política es siempre panfletaria

Los poemas son casi caligrama, dibujo, soporte que funde oído y visión para construir pensamiento. Las olas de Rompiente recogen el desorden de una desbocada naturaleza que al final es mecánica y organizada: no hay más que pensar en la estructura de un copo de nieve. Graham combina el desbordamiento con la delicadeza relojera del haiku. Como dice mi amigo Javier Maqua, es en la espuma del mar, en los lugares de límite, en la fricción y la combinación de distintos materiales, donde se produce la transformación, la metamorfosis, la evolución: así se comporta la naturaleza y posiblemente también el arte. La naturaleza se hace conciencia de la naturaleza: se hace naturalismo antes que ecología. Como si el conocimiento fuese un paso previo imprescindible para la pulsión política y ética.

Jorie Graham circunda el silencio previo a las catástrofes con una enfermiza necesidad de nombrar, boquear, existir, ser en el lenguaje: una esperanzada elocución que confía en la posibilidad de la palabra. Esa confianza en el lenguaje aleja al proyecto de Graham de cualquier reaccionarismo, pese a su desasosiego respecto a un género humano que lleva impreso en su ADN la semilla de la autodestrucción. Rompiente, como toda buena poesía que no juega a ser metapoesía, investiga en ese límite del lenguaje y en lo que éste, deshaciéndose del tópico, puede llegar a transmitir: biología, antropología, crítica cultural, hechos reales, informes sobre aparejos y procedimientos de pesca…

El inframundo en la poesía de Graham es un sustrato que nos revela el salvajismo civilizatorio: recuerda al Bajorrelieve de Diego Jesús Jiménez, uno de nuestros poetas mayores. A veces también me acuerdo de César Vallejo al leer poemas como “Futuros”. Y de Olvido García Valdés porque en los textos de estas dos mujeres la naturaleza forma parte del metalenguaje de la poesía o tal vez todo el metalenguaje poético, sus signos y metáforas, no son más que una constante reivindicación de la realidad. También me viene a la cabeza un poeta tan sólido y tan consecuente en su proyecto ético y estético como Jorge Riechmann.

Hay sonidos que el planeta siempre hará incluso si no hay nadie para oírlos


Rompiente es un poemario político: la radicalidad del cómo resulta inseparable de la denuncia ecológica que encierra cada imagen. Todo poema lleva implícita una reflexión sobre el lenguaje que no se utiliza como coartada o veladura de lo real: las larvas de bacalao pronto no podrán sobrevivir y entonces sobrevendrá algo que se asemejará mucho a un lento apocalipsis. La debacle posterior a la extinción de las abejas es cualquier cosa menos una leyenda urbana.

Escribe Graham para rematar su poemario: “Hay sonidos que el planeta siempre hará incluso si no hay nadie para oírlos”. En Rompiente se abre un interrogante respecto a la condición humana entre un “planeta que se apaga” –un futuro inexistente- y un pasado inframundo como historial de violencias y devastaciones. Tal vez lo humano se define por el impulso que nos religa con la naturaleza y la posibilidad de percibir lo bello. Más que por la capacidad de soñar. O por la sonrisa. Que también exhiben las hienas y los gatos de Cheshire.    

Literatura, política, periodismo

James Agee es uno de esos nombres de la literatura estadounidense del siglo XX que se desdibujan frente a la magnitud colosal de ciertas presencias más publicitadas. Agee tuvo la desgracia de morir joven. Fue un hombre políticamente comprometido que, antes de abandonar este valle, valle de lágrimas, nos dejó tres o cuatro joyas: los guiones de La reina de África (John Huston, 1951) y La noche de cazador (Charles Laughton, 1955), inspirada en la novela de Davis Grubb; la novela Una muerte en la familia (Alianza) que obtuvo el premio Pulitzer cuando Agee había muerto; y reportajes y crónicas periodísticas como este Algodoneros (Capitán Swing) que se colocan bajo la estela del gran John Reed.

Jorie Graham parte de un código poético y una pretensión literaria. Desde ahí consigue cuajar una obra de un pertinente contenido político. Agee recorre un camino inverso: desde el impulso de denuncia social escribe textos de alto valor literario. En Algodoneros, el punto de partida es transparente: “… un ser humano cuya vida se nutra de una posición aventajada adquirida de la desventaja de otros seres humanos, y que prefiere que esto permanezca de este modo, es un ser humano sólo por definición, y tienen mucho más en común con el chinche, la tenia, el cáncer y los carroñeros del hondo mar”. A partir de esta premisa, Agee ofrece una estremecedora visión de esa clase social, los poor whites, que recrea poéticamente Faulkner en Mientras agonizo (Cátedra).

En el ámbito hispánico es imposible no aludir al documental de Buñuel, Las Hurdes, tierra sin pan (1932). Agee retrata una sociedad “anclada sobre dos pilares: una vertiginosa combinación de feudalismo y capitalismo en sus últimas etapas”; Adam Haslett en los preliminares subraya la posición política de Agee, su desprecio de la neutralidad y su visión preclara de las chinas que nos iban a molestar en el zapato a los habitantes del imperio en el siglo XXI: nuestro conflicto no resuelto con la fraternidad y la interesada confusión entre las prácticas capitalistas y eso que llaman sentido común.

Desde el impulso de denuncia social, James Agee escribe textos de alto valor literario

Algodoneros presenta la vida cotidiana de tres familias de arrendatarios de Alabama durante la Gran Depresión: los Borroughs, los Tingle y los Fields. Se acerca a ellos a través de una estructura temática que descubre los agujeros de las cosas elementales: dinero, cobijo, comida, ropa, trabajo, temporada de recolección, educación, ocio y salud. De los negros no habla apenas porque ese submundo queda tan por debajo del mínimo nivel de dignidad humana que podría entrar en el terreno de lo inverosímil: hay desgracias que no se pueden contar en los libros porque nadie las creería. Sin embargo, asistimos impasibles a la dieta de los Borroughs o a la suciedad de los Tingle con la sensación de que la historia se repite: el sistema sobre el que se levantan esas vidas no ha cambiado sustancialmente.

Como lectores podemos ver a los personajes: las excelentes descripciones de Agee se complementan con las fotografías de Walker Evans que nos permiten corroborar la precisión con que Agee describe el rostro de Borroughs o las ropas de tela de saco de las hijas de Tingle. Desmontando el tópico de que una imagen vale más que mil palabras, Agee nos hace percibir el sabor a cuchara de metal de todas las comidas, el olor a sudor, el áspero tacto de los vestidos, la morbidez y precocidad sexual grabadas en el rostro de las niñas.

Es apabullante la precisión del léxico sobre el trabajo y el algodón: abrojo, lóculo, cápsula. Agee nunca cae en posicionamientos tremendistas ni demagógicos; ni siquiera cuando trata el asunto del trabajo infantil o la educación, un ámbito en el que se torna sarcástico: los maestros, aplicando las teorías de la psicología moderna, enseñar a los niños a bailar claqué… Algodoneros es un texto sobresaliente y didáctico escrito desde la conciencia de cierta superioridad moral y desde una indignación llena de esperanza. Es un texto respetuoso, pero no condescendiente. Transformador y maravillosamente escrito.

Noticias del frente

Así titula Guillermo Busutil esta recopilación de columnas periodísticas publicadas en Tropo Editores. Hay muchas noticias en torno a una realidad que el escritor interpreta desde su dimensión más agresiva: ésa frente a la que ya parecemos estar inmunizados. El periodismo de Busutil cumple la función de agrandar los tumores que acosan las células y que no se aprecian a simple vista. A veces sí. Son gárrulos tumores sociales tan vergonzantes que, desde los medios de comunicación, se camuflan, se suavizan, se disfrazan bajo el barniz del eufemismo.

Busutil hace exactamente lo contrario y sin miedo expone frente al lector nuestras mayores vergüenzas: las que son de todos y también de cada uno de nosotros individualmente. Cita a Kapuscinski -“cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”- y a renglón seguido nos cuenta, sin esa falsa neutralidad de hombre enmascarado a la que tampoco aspiraba Agee, todo lo que importa: la cultura como intento de escapada o forma de mancharse; el paro; la alambrada; la inmoralidad de la economía; la necesidad de reivindicar buenos libros como los de Isaac Rosa o la poeta Isabel Pérez Montalbán; el elogio de las librerías…

Busutil lleva dedicado al periodismo toda una vida dignificando, literaria y políticamente, una profesión tan denostada como necesaria. Además, es un magnífico escritor de cuentos que nunca se plegó al mandato canónico del carverianismo que durante décadas marcó la hoja de ruta de los cuentistas españoles: Drugstore (Páginas de espuma), Nada sabe tan bien como la boca del verano (Ediciones de aquí), Moleskine (Las cuatro estaciones) o Vidas prometidas (Tropo) son algunas de sus colecciones de relatos.

Es además un hombre polifacético, preocupado por la realidad y por las palabras que sirven para hacerla inteligible. A veces dolorosamente inteligible. Escritor-ciudadano que no esconde la testuz bajo el ala. A veces, como es lógico y posiblemente saludable, discrepo de algunas opiniones y análisis. No importa: en Noticias del frente, Busutil pone de manifiesto la solidez de un proyecto ético y estético cohesionado que, además, destaca por su brillantez expresiva. Y por su bondad.